Cuando pensamos en ciencia, a menudo nos vienen a la cabeza niños y niñas más mayores, capaces de formular preguntas, expresar ideas y comprender explicaciones complejas. Pero el interés por entender el mundo aparece mucho antes. De hecho, los primeros indicios de pensamiento científico se pueden observar en infantes que todavía no hablan o que apenas empiezan a hacerlo.
Esta es una de las conclusiones de una investigación que hemos desarrollado en el espacio de experimentación «Explora 0-3» de la escuela infantil de UManresa, la Upetita, y que se ha publicado recientemente en la revista European Early Childhood Education Research Journal. El estudio analiza cómo interactúan infantes de entre 6 y 36 meses con una propuesta basada en el magnetismo y cómo evolucionan sus formas de exploración a medida que crecen.
De la exploración sensorial a la acción intencionada
Durante la investigación observamos una progresión muy clara. En los primeros meses, la exploración es eminentemente sensorial: tocar, manipular, golpear, observar o llevarse los objetos a la boca. Poco a poco, sin embargo, estas acciones dejan de ser aleatorias. Los infantes repiten experiencias, se fijan en los resultados, prueban alternativas y ajustan sus actuaciones en función de lo que descubren. Con el tiempo, la exploración se vuelve cada vez más intencionada.
Algunas de las situaciones observadas resultan especialmente significativas. Hay infantes muy pequeños que anticipan lo que va a pasar, que seleccionan unos objetos y descartan otros según sus características o que buscan nuevas maneras de conseguir lo que se proponen cuando una acción no da el resultado esperado. En algunos casos, incluso utilizan objetos como herramientas para resolver un problema. Son acciones que nos hablan de capacidades relacionadas con la observación, la anticipación, la relación causa-efecto y la resolución de problemas; es decir, con algunas de las bases del pensamiento científico.
El papel clave de los materiales
La investigación también nos ha confirmado la importancia de los materiales. Las posibilidades de aprendizaje no dependen solo de la actividad propuesta, sino también de las características de los objetos que los infantes tienen a su alcance. Materiales visualmente parecidos, pero que se comportan de manera distinta ante los imanes, u objetos que ofrecen resistencias diversas, generan preguntas, sorpresas y nuevos retos que alimentan el proceso de exploración.
Todo ello nos lleva a replantear una idea todavía bastante extendida: que la ciencia es demasiado compleja para las primeras edades. Lo que hemos observado es que los infantes no esperan a ser mayores para empezar a investigar el mundo que los rodea. Lo hacen desde los primeros meses de vida, a través de sus acciones, de la curiosidad y del deseo de comprender lo que sucede a su alrededor.
Por eso, más que preguntarnos si los niños y niñas de 0 a 3 años pueden hacer ciencia, quizá deberíamos preguntarnos qué entornos les ofrecemos para que esta capacidad se pueda desplegar. Espacios pensados para explorar, materiales seleccionados con intencionalidad educativa y una persona adulta que acompaña sin adelantar respuestas pueden convertirse en un terreno fértil para el desarrollo de las primeras prácticas científicas. La ciencia, a estas edades, no es un contenido añadido: es una manera de conocer e interpretar el mundo.
Loli Vázquez-Carrasco, Anna Marbà-Tallada y Montserrat Pedreira, autoras del estudio Exploratory behavior of children aged 0–3 with a magnetism-based activity