La respuesta es, sorprendentemente, sí. La velocidad, la longitud de los pasos, la estabilidad o la forma de apoyar los pies pueden revelar alteraciones musculares, neurológicas o cognitivas mucho antes de que aparezcan otros síntomas evidentes.
Por este motivo, cada vez más profesionales de la salud incorporan el análisis de la marcha en la valoración de las personas mayores. No es solo una manera de estudiar cómo caminamos; es una herramienta para entender mejor el envejecimiento, detectar situaciones de fragilidad y actuar antes de que aparezca la dependencia.
Primera evidencia: cada vez hay más personas mayores
Cataluña, al igual que la mayoría de los países europeos, está inmersa en un proceso de envejecimiento demográfico. El aumento de la esperanza de vida y la disminución de la natalidad han modificado profundamente la estructura de la población. Según los datos más recientes del Institut d'Estadística de Catalunya (Idescat), casi una de cada cinco personas residentes en Cataluña tiene 65 años o más, y las proyecciones indican que este porcentaje seguirá aumentando durante las próximas décadas.
Este cambio representa un éxito social y sanitario: vivimos más años que nunca. Pero también plantea un nuevo reto. Ya no basta con alargar la vida; es necesario garantizar que estos años se vivan con autonomía, salud y calidad de vida.
La Organización Mundial de la Salud define el envejecimiento saludable como el proceso de desarrollar y mantener la capacidad funcional que permite a las personas seguir haciendo aquello que es importante para ellas a lo largo de los años. En este contexto, conservar una buena movilidad es uno de los pilares fundamentales.
Segunda evidencia: envejecer cambia la forma de movernos
Cuando observamos a una persona caminando por la calle, a menudo podemos intuir si es un niño, un adulto o una persona mayor incluso antes de distinguir sus rasgos faciales. La manera de movernos también forma parte del proceso de envejecimiento.
Con los años se producen cambios anatómicos y fisiológicos que afectan a la fuerza muscular, la flexibilidad, el equilibrio, la coordinación y el control motor. Como consecuencia, los pasos suelen ser más cortos, la base de sustentación aumenta ligeramente y los movimientos se vuelven más prudentes.
Pero estos cambios no se limitan a la marcha. Actividades aparentemente sencillas, como levantarse de una silla, subir escaleras, girarse, agacharse o transportar objetos, también pueden empezar a requerir más esfuerzo. Cuando estas dificultades aparecen, a menudo indican una disminución de la capacidad funcional.
Esta información es especialmente relevante porque muchas actividades esenciales de la vida diaria —ir de compras, preparar las comidas, salir a pasear o cuidar del hogar— dependen directamente de una buena movilidad. Cuando esta se deteriora, aumenta el riesgo de caídas, hospitalización, institucionalización, discapacidad y mortalidad prematura. Se calcula que aproximadamente un 30 % de las personas mayores de 55 años presentan algún grado de limitación funcional, una prevalencia que aumenta progresivamente con la edad (Tieland, Trouwborst y Clark, 2018).
La salud de los pies es una pieza clave de este proceso, aunque a menudo pase desapercibida. Dolor, deformidades, alteraciones de las uñas o lesiones cutáneas pueden modificar la forma de caminar, reducir la actividad física y favorecer las caídas. Según el Consejo General de Colegios Oficiales de Podólogos, cerca del 80 % de las personas mayores necesitan atención podológica periódica, un dato que pone de manifiesto la importancia de preservar la salud de los pies para mantener la movilidad y la autonomía.
Tercera evidencia: la velocidad de la marcha predice mucho más que la movilidad
Es normal caminar más lentamente con los años, pero no todas las personas envejecen al mismo ritmo.
Durante las dos últimas décadas, numerosos estudios han demostrado que la velocidad de la marcha es uno de los mejores indicadores del estado de salud de las personas mayores. Una disminución de la velocidad no solo se asocia con problemas de movilidad, sino también con un mayor riesgo de fragilidad, deterioro cognitivo, demencia, hospitalización, discapacidad y mortalidad.
Por este motivo, muchos especialistas la consideran el «sexto signo vital», junto con la temperatura corporal, la presión arterial, la frecuencia cardíaca, la frecuencia respiratoria y el dolor.
Diversas investigaciones han observado que caminar más lentamente de lo esperable para la edad puede anticipar distintos eventos adversos varios años antes de que aparezcan otras manifestaciones clínicas. En personas mayores que viven en la comunidad, una velocidad inferior a aproximadamente 1 metro por segundo se asocia con un aumento del riesgo de deterioro funcional y justifica una valoración geriátrica más completa.
Más allá de la velocidad, los investigadores han identificado otro indicador especialmente relevante: la variabilidad de la marcha, que describe hasta qué punto los pasos de una persona son similares entre sí. Una marcha regular y consistente suele reflejar un buen control motor, mientras que una variabilidad excesiva se ha relacionado con un mayor riesgo de caídas, fragilidad y deterioro cognitivo.
En otras palabras, la forma de caminar es mucho más que una consecuencia del envejecimiento: es un reflejo del estado general de salud.
Caminar: una de las actividades más complejas que hacemos cada día
Caminar parece una acción automática. Sin embargo, detrás de cada paso hay una extraordinaria coordinación entre el cerebro, la médula espinal, los nervios periféricos, la visión, el sistema vestibular, los músculos, las articulaciones, los pies y el sistema cardiovascular.
Cuando cualquiera de estos sistemas comienza a perder eficiencia, la marcha suele ser una de las primeras funciones que lo refleja. Por eso, pequeños cambios que a menudo pasan desapercibidos —caminar un poco más despacio, dar pasos más cortos o perder estabilidad al girar— pueden convertirse en señales de alerta muy valiosas.
Esta es la gran explicación que une las tres evidencias anteriores: la marcha es una ventana abierta a la salud. Analizarla permite detectar precozmente situaciones de fragilidad, orientar programas de prevención, valorar la efectividad de los tratamientos y, sobre todo, ayudar a las personas a conservar su autonomía durante más tiempo.
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La podología: una pieza clave en la calidad de la marcha
Cuando hablamos de marcha y envejecimiento, a menudo pensamos en músculos, articulaciones o sistema nervioso. Sin embargo, hay un elemento que actúa como «punto de contacto» entre el cuerpo y el suelo: el pie. Y su importancia es mucho mayor de lo que habitualmente se percibe.
Los pies soportan todo el peso corporal durante la marcha y son responsables de funciones esenciales como la absorción de impactos, la estabilidad y la propulsión en cada paso. Con el envejecimiento, sin embargo, es frecuente que aparezcan alteraciones como dolor, deformidades digitales, callosidades, uñas engrosadas o disminución de la sensibilidad. Estos cambios pueden parecer menores, pero tienen un impacto directo sobre la forma de caminar y, en consecuencia, sobre el equilibrio y el riesgo de caídas.
En este contexto, la podología tiene un papel fundamental dentro de la atención integral a la persona mayor. Su intervención no se limita al tratamiento de lesiones, sino que también incluye la prevención, la detección precoz de problemas biomecánicos a través de exploraciones biomecánicas y la mejora de la función del pie y de toda la extremidad como estructura clave de la marcha.
Diversas estimaciones indican que una proporción muy elevada de personas mayores presenta algún tipo de problema podológico a lo largo de la vida, y que estos problemas a menudo están infradiagnosticados o infratratados. El Consejo General de Colegios Oficiales de Podólogos señala que la mayor parte de la población de edad avanzada requiere atención podológica periódica, lo que refleja la relevancia de esta disciplina en el mantenimiento de la movilidad y la autonomía.
Integrar la valoración y el cuidado del pie dentro de las estrategias de envejecimiento saludable no es, por tanto, un detalle menor. Es una intervención directa sobre la capacidad de caminar y, por extensión, sobre la independencia funcional, la prevención de caídas y la calidad de vida.
Conclusión
Estudiar la marcha no consiste únicamente en entender cómo caminamos. Consiste en comprender cómo envejecemos e identificar oportunidades para añadir calidad de vida a los años ganados gracias a los avances sanitarios.